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jueves, mayo 29, 2008

Echo de menos el tax code

En estos días estoy sufriendo lo que, para la mayoría de los españoles ya metidos de lleno en su vida laboral, no es más que un fastidio anual al que ya están acostumbrados, pero que para mí es una tortura novedosa: preparar la declaración de la renta.

En efecto, cuando me fui a vivir a Inglaterra aún no ganaba lo suficiente como para tener que presentarla, así que esta es la primera vez que tengo que hacerlo en España. He de reconocer que la Agencia Tributaria hace un gran esfuerzo por poner las cosas sencillas para el ciudadano: te prepara borradores de la declaración, te envía información fiscal, incluso te permite que pidas cita para que un funcionario te haga la declaración por ti. Todo esto está bien si te conformas con meter tus datos fiscales en el programa P.A.D.R.E, dar a la manivela y obtener la cantidad de dinero que te corresponde pagar. Si te atreves a rascar un poco la superficie, cometiendo la osadía de querer entender cómo se calculan esos números, y te atreves a hojear el manual de la renta 2007, entre sus 770 páginas encontrarás párrafos tan herméticos como éste:
Para asegurar una misma disminución de la carga tributaria para todos los contribuyentes con igual situación familiar, sea cual sea su nivel de renta, el importe correspondiente al mínimo personal y familiar ya no reduce la renta del período impositivo para determinar la base imponible, sino que pasa a formar parte de la base liquidable para gravarse a tipo cero.
Como diría un inglés, clear as mud. Tras dedicar un par de horitas he sido capaz de entender en líneas generales cómo se calcula el impuesto, experimentando uno de mis frecuentes momentos de añoranza del Reino Unido, donde todo papeleo era inmensamente más sencillo que en España.
En el Reino Unido, para empezar, la declaración de la renta (conocida como tax assesment o, más habitualmente, tax return) está obligada a presentarla mucha menos gente: salvo que ganes una cantidad de dinero respetable, seas autónomo, o tengas ingresos o gastos exóticos que estén fuera del sistema de retenciones, lo más seguro es que te libres. En los seis años y medio que viví en el Reino Unido, no tuve que presentarlo ni una vez.

Esto es posible gracias al sistema de retenciones PAYE, por el cual cada mes siempre te retienen la cantidad correspondiente al tramo de impuesto de la renta que te corresponde, y si por cualquier motivo (algún ingreso extraordinario, quizás) pagas más o menos, el siguiente mes la retención se ajusta para compensarlo.

En cuanto al impuesto en sí, tiene similitudes con el español. En el Reino Unido hay menos tramos y el tipo de gravamen superior es menor (un 40% en vez de un 43%). Una de las deducciones estrella del IRPF español, la compra de vivienda, no existe en el Reino Unido (donde, sin embargo, el stamp duty, equivalente al impuesto de transmisiones patrimoniales, es mucho más benigno).

El impuesto de la renta, por cierto, fue hace poco el protagonista de una de las peores crisis políticas que Gordon Brown está teniendo que capear. Una reciente reforma que reordenaba los tramos, perjudicando a millones de personas de rentas bajas. El peligro de una rebelión interna laborista forzó al ministro de economía Alasdair Darling a dar marcha atrás e introducir cambios para suavizarla.

martes, abril 29, 2008

Lavado de cara de los bolsillos británicos

A principios de abril, Royal Mint, la ceca británica, desveló los nuevos diseños que pronto decorarán el reverso de las monedas en circulación en el país y que fueron escogidos mediante concurso público. Aún no las he tenido en mis manos, pero viendo las imágenes que hay disponibles en Internet mi opinión es que los nuevos diseños son excelentes: elegantes y de aspecto muy contemporáneo. Muchísimo más bonitos que las monedas de euro, cuya cara común es vulgar e insípida, y cuyas caras nacionales en general tampoco muestran gran ambición estética (desde luego, no las de España).

Los nuevos diseños de moneda británicos han levantado cierta polémica. Muchos galeses se han molestado por no encontrar ningún símbolo de su país en ellos. Esto se debe a que las nuevas monedas están decoradas exclusivamente con el escudo británico, en el cual no hay presente ningún elemento propio de Gales. Anteriormente, las monedas de dos peniques mostraban las plumas del príncipe de Gales y algunas monedas de libra estaban decoradas con el dragón.

Otros han lamentado la desaparición de Britannia, alegoría femenina del país cuya presencia en las monedas inglesas data del siglo XVII, y que hasta ahora decoraba las monedas de 50 peniques.

Más información: Coins of the pound sterling (Wikipedia)

domingo, marzo 23, 2008

La pinta pierde la corona

En mi última escapada a Inglaterra de hace unas semanas, al hacer la visita obligada al pub, observé con extrañeza que del borde del vaso en el que me sirvieron mi cerveza había desaparecido el tradicional dibujito de la corona al que estaba acostumbrado. En su lugar encontré el simbolo europeo "CE" acompañado de un críptico conjunto de números y letras.

He estado investigando y parece ser que es la consecuencia de una directiva europea sobre instrumentos de medida que entró en vigor recientemente. He aprendido también que el símbolo de la corona data de 1699, cuando empezó a utilizarse como marchamo que certifica que el recipiente tiene el volumen reglamentario. El dibujito, hasta hace poco, iba acompañado de un número que identifica la oficina inspectora que ha verificado su conformidad.

Extrañamente, no he encontrado mucho eco en los principales medios de comunicación sobre la sustitución de la corona por el "CE" (que, por cierto, por fin sé qué significa: conformité europeene). Hay mención de ello en la BBC, en el Independent, y en términos bastante más furibundos, como no, en el Daily Mail, ese diario ultraconservador que no pierde oportunidad de entrar al trapo ante los atropellos de Bruselas, sean reales o inventados.

En esta ocasión, sin embargo, no puedo evitar sentir cierta simpatía hacia quienes lamentan la pérdida de la corona. Este detallito coqueto decoró muchos tragos durante mis años de vida en Inglaterra, y es indudablemente mucho más pintoresco que el árido sello de la burocracia europea.

Más información:
Why do pint and half pint glasses in pubs have a crown and a number on them (The Guardian)
, Imperial pint loses its crown (Pub Philosopher), EU stealing the crown of the great British pint (Daily Mail), Brewers battle to save crown mark (BBC), Brewers petition Blair over EU's move to decrown pints (Independent)

miércoles, febrero 27, 2008

Desayuno de los domingos

Sunday brunch
Fried egg (huevo frito), hash browns (tortitas de patata fritas), sausage patties (hamburguesa de salchicha), mushrooms (setas), bacon, grilled tomato (tomate a la plancha), black pudding (morcilla) y pan.

martes, febrero 19, 2008

¿Qué tal conduzco?

En Inglaterra es bastante común encontrar en las carreteras furgonetas y camiones con una pegatina detrás que pone "How's my driving?", "Well driven?" o algún letrero similar junto con un número de teléfono. La idea es que si la gente puede llamar a protestar a la empresa por la conducción incívica de alguno de sus chóferes, estos se verán animados a circular de forma prudente y cortés.

Todo esto suena bastante razonable, pero siendo los ingleses como son, era inevitable que lo llevaran un paso más allá. Aunque muchas de estas pegatinas son iniciativa de la empresa propietaria del vehículo, existen al menos un par de organizaciones a las que uno se puede afiliar para que te gestionen el sistema, recogiendo las llamadas y comunicando incidencias. Una de las más extendidas se llama precisamente "How's my driving", y se reconoce por sus característico símbolo amarillo y negro de forma triangular.

2275948463_820e154e5d_oEsto del "¿qué tal conduzco?" es un buen ejemplo de práctica que no tendría sentido implantar en España, donde conducir como ogros estreñidos es la norma. La gente lo que haría sería echar mano del móvil al volante y llamar en el momento para soltar un buen par de palabras gruesas. Sin embargo, hace un par de meses me sorprendió esta furgoneta que sí llevaba un letrero similar aunque más prolijo. Vean, vean (pinchar en la foto para ampliar; el borrón en el número es mío).

lunes, enero 14, 2008

Spare some change?

¡Feliz Año Nuevo atrasado! Este blog se ha tomado unas vacaciones demasiado largas y ya es hora de desempolvar un poco estas páginas. Y dado que estamos en plena cuesta de enero, que mejor tema que tratar que el del dinero.

Con la llegada del euro ha pasado algo muy triste en España: nos hemos quedado de repente sin toda ese repertorio de sinónimos coloquiales de peseta (pelas, cucas, calas, leandras...) y sus derivados (duro, talego...). Estoy seguro de que un montón de gente ingeniosa habrá inventado ya términos graciosos para referirse al euro, pero que yo sepa todavía ninguno ha pasado al dominio público.

Aunque el Reino Unido no tiene ninguna intención de entrar en el euro, también allí se ha vivido no hace tanto la experiencia de reemplazar radicalmente el sistema monetario. Hasta principios de los años setenta, el Reino Unido llevaba funcionando desde hacía más de un siglo con un complicado sistema (a veces denominado Lsd) por el cual una libra equivalía a 20 chelines (shillings) y, al mismo tiempo, a 240 peniques. Todo precio se expresaba mediante una terna de estas tres unidades: como por ejemplo £1 4s 3d. Las abreviaturas, curiosamente, provenían del latín: s de solidus y d de denarius (ambas monedas que formaban parte del sistema monetario utilizado por los romanos). El chelín, alternativamente, se representaba también mediante una barra inclinada ("/"). De este modo, 5/- significaba 5 chelines y 0 peniques. El símbolo de la libra, que es el mismo que se sigue usando, también provenía del latín: no es más que la "L" de libra con caligrafía historiada.

Pero las complicaciones no acababan aquí. No sólo la libra se subdividía de una forma tan rocambolesca, sino que también las monedas fraccionarias tenían valores bastante pintorescos. En los bolsillos de los británicos, se podían encontrar monedas de farthing (cuarto penique), half pence (medio penique), twopence, threepence, sixpence, florins (equivalentes a dos chelines), crowns y half crowns (equivalentes, respectivamente, a 30 y a 60 peniques). Muchas de estas denominaciones se llevaban acuñando desde la Edad Media, aunque su valor relativo entre unas y otras había ido variando dependiendo del peso y la cantidad de metal precioso.

El 15 de febrero de 1971 todo esto cambió. En este día, conocido como Decimal Day, el Reino Unido se alineó con la gran mayoría de naciones europeas, que desde hacía ya bastante tiempo se habían pasado a sistemas monetarios decimales. Una libra pasó a valer 100 peniques, que cambiaron de abreviatura de "d" a "p". Todas las demás monedas fraccionarias desaparecieron. Solamente el chelín y el florín sobrevivieron de forma fantasmagórica, ya que las nuevas monedas de 5 y 10 peniques, al tener exactamente el mismo valor, heredaron su formato, cambiando sólamente el diseño de la cara y de la cruz. A principios de los años 90 este último vestigio se esfumó, ya que las monedas de 5 y de 10 peniques fueron sustituidas por otras de igual diseño pero menor tamaño.

Con la decimalización se perdieron un sinnúmero de palabras coloquiales para referirse a las distintas monedas, como tanner (seis peniques) o joey (tres peniques). Bob, que anteriormente era un chelín, parece haber sobrevivido pasando a significar "libra", aunque no se usa mucho y en la actualidad el término más extendido con diferencia para referirse a esta divisa es el de quid. Otra palabra muy usada es grand, que equivale a mil libras. En lenguaje coloquial ya apenas se usa la palabra "pence", y casi todo el mundo usa pee (en español, "pi"), como en twenty pee (20p). Curiosamente, ninguna de estas palabras tiene plural: uno dice two grand (£2000) o ten quid (£10). Otras formas coloquiales muy extendidas son tenner para referirse al billete de diez libras y fiver para referirse al de cinco.

A quien no se haya aclarado mucho o le haya interesado el tema le recomiendo los enlaces de abajo, en especial el primero, donde con un tono nostálgico se describe de forma muy detallada el variopinto sistema británico predecimal y su argot asociado.

Más información:
Money Slang
Guide to British coin pre-decimal denominations
Lsd (Wikipedia en inglés)
Coins of the pound sterling (Wikipedia en inglés)

miércoles, septiembre 12, 2007

Los hombres piruleta

Unos de los personajes más entrañables que se pueden encontrar en las calles de las poblaciones inglesas son lollipop man y las lollipop ladies. Son empleados municipales que se apostan en las proximidades de los colegios de primaria para, a la hora de entrada o de salida de los niños, interrumpir el tráfico cada vez que algúno vaya a cruzar la carretera, solo o acompañado de sus padres. Su peculiar nombre (coloquial, claro está; el nombre oficial es school crossing patrol officer) se debe a la señal circular que llevan en la mano y usan para detener la circulación. Otro rasgo característico de su aspecto es la gabardina larga reflectante que visten, acompañada a veces de una gorra de plato o un coqueto gorrito a juego (para las mujeres). Los lollipop people son habitualmente gente mayor.

Cuando vivía en Bristol no pasaba cerca de ningún colegio cuando iba o venía del trabajo, de modo que nunca me cruce con ninguno de estos simpáticos personajes. En Maidenhead, sin embargo, solía pasar por delante de un colegio muy a menudo. El hombre piruleta que trabajaba allí siempre me insipiraba gran admiración por la seriedad como se tomaba su trabajo: cada vez que iba a cruzar algún niño, con un par de zancadas firmes se plantaba resueltamente en medio de la calle, sosteniendo su señal con gran aplomo y haciendo un gesto vehemente con el brazo hacia los coches que veníamos de frente. El resto del tiempo vigilaba atento desde la esquina, saludando con semblante digno a las familias que pasaban a su lado. Una estampa 100% inglesa. Desgraciadamente, nunca le llegué a hacer foto. Para esta entrada he recurrido a dos fotos que he encontrado en Flickr con licencia CC: la primera de yousoundhollow y la segunda de Lutrus.

Más información:
Crossing Guard (Wikipedia en inglés), My years as a lollipop man (BBC)

miércoles, junio 20, 2007

The property ladder

Los británicos, como los españoles, también llevan ya media década obsesionados con la compra de vivienda. Todo ciudadano de este país tiene la aspiración de poder echar el pie a la property ladder o "escalera de la propiedad", expresión que ilustra la idea de que hay que meterse a toda costa en la compra de algún piso o chalé, por modesto que sea, para más adelante utilizarlo como escalón que nos permita adquirir otro inmueble mejor y más grande, y así sucesivamente. En el Reino Unido también han sufrido varios años de incrementos descabellados de precios hasta que, hace un par de años, la cosa se estabilizó. Desde entonces el mercado se ha mantenido bastante plano, salvo moderados repuntes esporádicos.

Las similitudes con el caso español, sin embargo, son limitadas. Para mí la más llamativa es que en el Reino Unido no se construye mucha vivienda nueva. Las principales poblaciones suelen tener un "cinturón verde" o green belt a su alrededor que las autoridades se suelen mostrar reticentes de urbanizar. Las promociones inmobiliarias suelen ser de escala bastante pequeña. En el Reino Unido los pueblos no deciden multiplicar por diez su población, ni sienten la necesidad de construir varios campos de golf en sus aledaños, y eso que aquí no tienen los problemas de suministro de agua que hay en países más meridionales.

Otra diferencia son los tipos de interés, más altos en el Reino Unido que en la eurozona (al menos medio punto por encima). Aunque esto encarece las hipotecas, comprarse una casa en este país sale más barato que en España. Recuerdo haber visto una tabla en el Economist hace tiempo en la que se comparaba el sobrecoste en impuestos, abogados y otros gastos similares, excluidos intereses y coste del capital, de adquirir una vivienda en distintos países de Europa. España estaba entre los países más caros. Los británicos pagan un impuesto del 1% de stamp duty cuando los inmuebles superan las 60.000 libras, y del 3% cuando exceden las 250.000. Mucho menos que el 7% de IVA o de transmisiones patrimoniales y otros impuestos surtidos que te endosan en España.

De todos estos temas, en cualquier caso, hablo de oídas, ya que yo no llegué a comprarme casa en Inglaterra (ojalá hubiese podido hacerlo en su momento; ahora estaría forrado). Jorge, sin embargo, está en medio de este trance, y nos cuenta los entresijos del proceso de compraventa de inmuebles en esta entrada de su blog. Mañana, si todo va bien, le van a dar las llaves de su primera casa. ¡Enhorabuena! y buena suerte con todo.

Actualización 21-Jun
Di, quien desde hace poco es también una orgullosa home owner, nos cuenta en los comentarios de esta entrada (enlace) un montón de detalles interesantes sobre la compra de vivienda en el Reino Unido.

Enlace: Alea Jacta Est (Diario de A Bordo)

sábado, junio 09, 2007

Códigos postales

Desde que estudiaba inglés en el colegio ya llamaron mi atención los peculiares códigos postales británicos. Había algo misterioso en esa sucesión aparantemente arbitraria de números y letras (ej: SL6 4BR), como si se tratase de un código secreto de película de espías.

Los códigos postales británicos están compuestos de dos partes separadas por un espacio. La primera parte consiste en un código de dos letras seguido de un número de una o dos cifras. Este identificador identifica el distrito postal, y por tanto tiene significado geográfico: las dos letras suelen ser una abreviatura de algún nombre de población, y el número suele indicar la distancia respecto del centro de la misma, aunque tampoco puede fiarse uno mucho: en Bristol, por ejemplo, BS5 y BS6 no son contiguas sino que están en lados opuestos de la ciudad, y hay direcciones en la zona BS8 que son más céntricas que BS3. Las demarcaciones postales, además, suelen extenderse más allá de los límites de la ciudad que les da nombre, cubriendo localidades periféricas que pueden estar en condados diferentes.
Volviendo al ejemplo de Bristol, el pueblo de Cheddar, en el condado de Somerset (cuna del famoso queso del mismo nombre) usa código postal BS27. Aquí se puede ver la división en códigos postales alrededor de Bristol.

La segunda parte del código postal consiste en un otro código consistente en un número seguido de dos letras, que ayuda a localizar el destinatario del correo dentro del distrito postal en cuestión. Este código, al revés que el primero, no tiene un sentido significado fácil de indagar, aunque es lo suficientemente preciso como para especificar no ya direcciones a nivel de calle, sino incluso, si la calle es suficientemente larga, a nivel de manzana. A menudo, cuando llamas por teléfono o te conectas a Internet para darte de alta en algún servicio o hacer alguna gestión, al rellenar tus datos de dirección postal sólo te piden el código postal completo y el número de tu casa. Sólo con esos datos son capaces de saber en qué calle vives.

En Londres los códigos postales son un poco distintos. El primer código se refiere a la zona de la ciudad: N para el norte, NW para el noroeste, EC para la zona este del centro, etc. El número que le sigue indica, más o menos, la distancia respecto del centro, aunque tampoco te puedes fiar mucho: E4, por ejemplo, está en las afueras de la ciudad. El sistema de numeración de códigos postales también otras excepciones y particularidades. A quien le interesen estas cosas puede encontrar toda la información (como siempre) en la Wikipedia, que también cuenta la historia del despliegue del sistema de códigos postales, que es relativamente reciente, por cierto: terminó de implantarse en 1974.

Tu código postal afecta al orgasmoEl tema de los códigos postales, a simple vista, no debería dar mucho más de sí, pero sin embargo tiene un aspecto sociológico bastante interesante. Resulta que, en el Reino Unido, los códigos postales son empleados por empresas y entidades públicas para clasificar a la gente que solicita servicios. El ejemplo más claro son las compañías de seguros, que evalúan la peligrosidad del domicilio de sus clientes basándose en su código postal: la diferencia entre vivir en BS8 y en BS6 te puede suponer 60 libras de diferencia en un seguro a terceros para tu coche. También la administración usa frecuentemente los códigos postales para regular el acceso a los servicios públicos: tener el código postal adecuado puede suponer que logres plaza para tu niño en una guardería, o que te den el tratamiento que necesitas en el hospital. Los británicos llaman a esta situación postcode lottery, y allá donde se da es garantía de polémica.

Los códigos postales también levantan pasiones por motivos más frívolos. Algunos vecinos de Maidenhead (adinerada localidad a orillas del Támesis, donde viví durante unos años) llevan tiempo tratando de que esta localidad se constituya en distrito postal propio para evitar asociación con la poco refinada ciudad de Slough (famosa por ser donde se desarolla la comedia The Office), a cuya distrito pertenecen con el código SL6. Y, a juzgar por la cubierta de una revista que vi hace unos meses (ver foto), parece que hay otro tipo de pasiones más saludables en las que los códigos postales también desempeñan un papel importante.

jueves, febrero 08, 2007

Té quiero I: historia del té en Inglaterra

¡El té! Parece mentira que haya tardado tanto en atreverme a hablar de un tema tan genuinamente británico. Este es uno de esos asuntos con tanta enjudia y con una webografía tan extensa que intimida enfrentarse a él. Pese a esto, un blog como éste que trata de la vida en el Reino Unido estará cojo hasta que no hable del té. Así que allá voy: en la entrada de hoy hablaré de la historia de esta bebida en el Reino Unido.

El té es originario de China. En Europa, las primeras noticias sobre esta bebida llegaron a través de mercaderes y misioneros portugueses, aunque fueron los comerciantes holandeses quienes la introdujeron en el continente a principios del siglo XVII, atrayendo en seguida el interés de la aristocracia de varios países. En Inglaterra, fue la portuguesa Catalina de Braganza, esposa del rey Carlos II, quien hizo que se pusiese de moda entre la nobleza inglesa. Esto hizo que la East India Company, compañía que ostentaba en Inglaterra el monopolio de comercio con Oriente, comenzara a mediados del siglo a importar té de China.

Esta bebida fue introducida al gran público, curiosamente, por las coffee houses, establecimientos que en esos años desempeñaban un papel muy importante en la vida política, económica y social del Reino Unido. El éxito del té fue instantáneo entre la gente de la clase media y media-alta que solía frecuentar estos lugares de reunión, popularidad que pudo aguantar la tremenda carga de impuestos con que esta mercancía estuvo gravado desde el principio. Para satisfacer la demanda, se desarrolló de forma colosal un mercado negro, basado en la adulteración y el contrabando, cuyo volumen excedía al mercado legal, y que sólo desapareció cuando, en 1784, William Pitt el Joven redujo los impuestos del 119% al 12.5%. El consumo de té recibió un nuevo empujón a mediados del siglo XIX al liberalizarse su comercio, lo cual empujó a la East India Company a introducir el cultivo de esta hierba en el subcontinente indio primero y luego en Ceilán. La subsiguiente explosión de comercio hizo que se desarrollaran los tea clippers, veloces veleros que competían en rapidez por hacer llegar a Europa los cargamentos de té provinientes de Oriente. El consiguiente abaratamiento de la bebida hizo que terminara de conquistar los gustos del pueblo británico en su conjunto.

Fue en esos años cuando surgió la institución del afternoon tea. La costumbre de organizar tea parties y tea dances era ya bastante antigua pero, según la tradición, fue Anna Maria, duquesa de Bedford, quien en 1841 inició la costumbre de tomar té de merienda a media tarde, acompañado de bollos y sandwiches, para calmar el gusanillo entre almuerzo y cena. Este hábito se extendió entre las clases altas, y no tardó en convertirse en un acontecimiento social extremadamente refinado, sujeto a unas reglas de etiqueta muy desarrolladas. El afternoon tea no tiene nada que ver con el high tea que tomaban las gentes menos pudientes de entonces. Éste consistía un refrigerio, o incluso cena completa, que las clases populares solían tomar al atardecer. Muchas veces era la comida principal, y quizás única, del día.

Fue a partir de mediados del siglo XIX y durante todo el siglo XX que el té se convirtió en un rasgo esencial de la cultura británica, abarcando todas las clases sociales. Durante las dos guerras mundiales, el gobierno británico puso el comercio y la venta de té bajo su control, considerándola una mercancía muy importante para mantener la moral de la población. En los años cincuenta, el consumo de té vio una última revolución: la introducción de las bolsitas, que hicieron que la preparación de esta bebida se hiciese más sencilla aún.

Próxima entrada: el té en la Inglaterra de hoy


Referencias:
History of Tea (The Tea Council),
La cultura del té en el Reino Unido y sus antiguas colonias (Wikipedia en inglés),

lunes, enero 29, 2007

Conduciendo por la M4

En Internet no hay suficiente gente con ínfulas de cineasta así que he decidido hacer mis pinitos como videoaficionado.



El video de arriba es un montaje de un viaje por la M4, que es la autopista que une Londres con el sur de Gales pasando por Bristol. Que nadie se espere ni interés ni pericia cinematográfica: posiblemente lo único que sacaréis en claro es que no tengo muy buen pulso y que al parabrisas del coche le vendría bien un buen lavado. De banda sonora he puesto a Julian Cope para intentar salvar el desaguisado.

El clip es aburrido por méritos propios, pero también porque conducir por autopista en el Reino Unido lo es: el paisaje es siempre el mismo, y apenas hay construcciones, carteles u otros elementos que rompan la monotonía. Aunque, quitando este pequeño problema, conducir por ellas es una delicia: estan soberbiamente cuidadas, la señalización es excelente y la mayoría de la gente es amable y prudente al volante. Igualito que España

domingo, noviembre 05, 2006

Yendo a la peluquería

Ayer, con gran pesar, no tuve más remedio que irme a cortar el pelo. Hacía ya bastante de la última vez, y durante las últimas dos semanas había venido observando con alarma cómo una incipiente mullet se me iba asomando a ambos lados del cuello, amenazando con mi muerte social en la oficina.

Digo que muy a mi pesar no porque tenga alergia a las tijeras, sino porque siempre que puedo procuro evitar ir a la peluquería en Inglaterra. Aunque llevo ya más de seis años en el Reino Unido, sólo he ido seis o siete veces. Para cortarme el pelo suelo aprovechar mis visitas a Madrid, algo que me puedo permitir porque me bajo con bastante frecuencia, cada dos o tres meses. Las visitas a la peluquería del barrio, a la que he ido ininterrumpidamente desde que era un crío, son uno de esos lazos con el hogar que cuestan romper. Otro motivo, más prosaico, es que cortarse el pelo sale más barato en España (aunque no mucho más). Y un tercer motivo es el idioma: por mucho que uno se mire en el diccionario el vocabulario técnico (flequillo: fringe; raya parting; cuchilla: razor; etc), contarle al peluquero cómo queremos que se nos corte el pelo es posiblemente una de las situaciones de la vida de un expatriado en la que más duramente se pone a prueba el dominio de la lengua local. Describir un corte de pelo es un acto que exige una buena dosis de expresividad incluso en la propia lengua (salvo, claro está, cuando queremos que nos lo rapen con maquinilla): "me lo cortas de modo que justo me monte un poco la oreja, un poco de capas, ligero por atrás pero no tanto, peinado por en medio pero sin raya".

Por si fuera poco, una vez se supera el trance de darle al peluquero las especificaciones del corte, te tienes que enfrentar a la ineludible charla intrascendente. En Inglaterra, como en España y supongo que todos los países del mundo, los peluqueros sienten que una de las atribuciones de su profesión es dar conversación al cliente. Esto puede ser un fastidio pero también una oportunidad: hablar con el peluquero es una manera fantástica de practicar el inglés.

Dada mi procedencia, tengo la suerte de que es fácil prever hacia donde va a tirar la conversación cuando, al darse cuenta de mi acento extranjero, el peluquero me pregunta de dónde soy. Es algo aplicable también a taxistas, empleados de banco o tenderos parlanchines. Al contestar que soy español de Madrid, la siguiente pregunta es casi siempre "¿eres seguidor del Real Madrid?". Yo no suelo seguir mucho la liga española (ni mucho menos la inglesa), y supongo que en seguida se me nota que no tengo mucha idea, pero es sorprendente lo que dan de sí un puñado de comentarios generalistas y cuatro ideas leídas en la prensa para seguir una conversación sobre fútbol.

sábado, octubre 14, 2006

Enchufes

Todos bromeamos a menudo sobre la manía de los británicos por ser distintos en todo. Podría pensarse que es un simple estereotipo, pero es que realmente las diferencias se pueden encontrar en todos los aspectos de la vida real. Ya he hablado sobre cómo conducen por el otro lado, o sobre lo reacios que son a usar el sistema métrico. Hoy hablaré de los enchufes.

Seguramente sea sólo cosa mía, que me fijo en estas menudencias, pero la primera vez que vi un enchufe británico me llamó bastante la atención. No sabía que fuesen distintos a los del resto de Europa. Aún los sigo encontrando extrañamente fascinantes. Lo más llamativo es su tamaño, mucho mayor que el de un enchufe continental, y su aire tosco y aparatoso, nada acorde con estos tiempos en los que todo es ergonómico, sinuoso y aerodinámico. Estos enchufes tienen tres clavijas metálicas de corte rectangular: dos en línea para la corriente y una tercera de conexión a tierra, perpendicular a éstas y más larga. Ésta última clavija es obligatoria hasta en los aparatos eléctricos más sencillos, y tiene la función añadida de empujar una pieza de plástico que destapa los otros dos orificios de la toma de corriente, sistema de seguridad que hace que muchas veces haya que empujar con bastante fuerza para insertar el enchufe en la toma, o en ocasiones para sacarlo.

Uno siempre se trae de España algún aparato eléctrico que otro (yogurteras, licuadoras, u otros electrodomésticos superútiles), así que es necesario comprarse adaptadores. Por requisito legal, estos también tienen que contar con fusibles, y son también, por tanto, bastante aparatosos (y caros). Venden también otros más sencillos sin fusible que teóricamente sólo se pueden usar con afeitadoras. Otra alternativa es no usar adaptador, aunque no voy a explicar cómo no vaya a ser que algún torpe lo intente, se electrocute y luego me eche la culpa. Los más manitas quizás se atrevan a cortar el cable y sustituir el enchufe continental por uno británico, haciendo los empalmes correspondientes. Es una opción barata, y muy sencilla. Por último, algo que he descubierto hace poco es el euroconvertor: se trata de un adaptador en el cual se introduce el enchufe europeo (ha de ser de los planos de dos clavijas), fijándose mediante un tornillo.

Sofisticado cuadro de protecciónEstos enchufes no sólo se usan en el Reino Unido; también los hay en Irlanda y en muchas antiguas colonias británicas. Fueron introducidos en 1947, y posteriormente descritos por el estándar BS 1363. Sus defensores aseguran que son más seguros que los que se usan en el resto de Europa. Puede que sea cierto, pero si es así no lo parece. No tanto por los enchufes, sino por la instalación en su conjunto. En ninguna de las casas donde he vivido en este país tenían cuadros de protección muy sofisticados. El piso donde vivo ahora se lleva la palma. Una vez se fue la luz y me puse a buscar como loco dónde estaban los plomos. Bajé a ver si la luz se había ido en el cuadro general del edificio pero allí todo estaba en orden. Subí y me puse a rebuscar en todos los rincones de la casa sin éxito; el único sitio donde pensé que quizás estuviesen escondidos era un misterioso cajón situado en una esquina del pasillo, que no tenía rastro de portezuela ni ranura alguna. No podía estar en ningún otro lado, así que al final me armé de cuchillo y una buena dosis de paciencia. Tras media hora de esfuerzo, logré arrancar el cajón de la pared. En efecto: ahí se encontraba el modernísimo sistema de protección. Ni interruptores diferenciales ni nada: un simple fusible consistente en un alambre metálico fijado con tornillos, que hube de reemplazar por otro que compré en la ferretería y corté a medida. En España, cuando decimos que se han fundido los plomos suele ser en sentido figurado. Esta visto que en Inglaterra hay muchos sitios donde esas palabras aún se usan de forma literal.

Más información: BS 1363 (Wikipedia en inglés), The Origin of the BS 1363 Plug and Socket Outlet System (IEE)
Temas relacionados: Interruptores (Parquestrit)

jueves, octubre 05, 2006

Entre teclas

Después de casi seis años viviendo en el Reino Unido, apenas queda nada de la ilusa esperanza que tenía al principio de acabar convertiéndome en bilingüe. Pasado este tiempo sin duda domino mucho más el idioma que cuando vine, pero hace tiempo que toqué techo, e incluso yo diría que cada vez hablo peor.

Bilingüe quizás no, pero como consolación en lo que sí que he logrado convertirme es en bidáctilografo: ahora soy capaz de teclear indistintamente en teclados españoles y británicos. No es que sea una gran proeza: la disposición de las letras del alfabeto es idéntica en los dos (otros teclados como el francés tienen las letras cambiadas). Las cosas se complican un poco sólo cuando te metes en signos de puntuación y demás símbolos. Uno intenta abrir un paréntesis y le sale un asterisco. Quieres escribir un "+" y te sale un corchete. Este tipo de problemas los sufrimos más quienes tenemos que programar en nuestro trabajo, ya que los lenguajes de programación usan más símbolos especiales que el lenguaje escrito. Para estas labores, además, pronto te das cuenta de que el teclado británico es mucho más cómodo. Los símbolos de la arroba o de los corchetes ([]) se obtienen cómodatemente mediante el uso de la tecla Mayúsculas. En el teclado español, para conseguirlos, necesitamos usar la engorrosa tecla de Alt gráfico; otros signos como la virgulilla(~) directamente no son accesibles en él.

Curiosamente, el teclado británico es ligeramente distinto del estadounidense. Tiene algunos signos nuevos, entre ellos el de la libra (£), y otros están intercambiados, como por ejemplo la arroba y el signo de las comillas.

El que haya aprendido a cambiar fácilmente de un teclado a otro se lo debo a uno de los pocos ejemplos de comodidad que se pueden encontrar en Windows: la posibilidad que ofrece de configurar el uso simultáneo de varios tipos de teclado en un mismo ordenador, seleccionables fácilmente pulsando una combinación de teclas o pinchando en un iconito que sale al lado de la bandeja de sistema. Para activar esta función, sólo hay que irse a Panel de Control, pinchar en el icono Regional and Language Options, seleccionar la lengüeta Languages y clicar el botón Details de la sección Text Services and Input Changes. Aparecerá un cuadro nuevo donde podremos añadir el teclado español a la lista de teclados habilitados y asignarle una combinación de teclas para activarlo cuando queramos.

Mucha gente se refugia en la excusa de que los teclados ingleses no tienen tildes ni eñes para no usarlas al escribir en castellano. Como podéis ver, no hay pretexto para no hacerlo: sólo hace falta un poco de voluntad. Así que al que siga sin escribir correctamente las tildes le vamos a mandar que se haga unos cuantos cuadernos Rubio. Y al que use la arroba para los plurales conjuntos másculino-femenino, use la "k" en vez de la "q", escriba todo en mayúsculas o intercale en sus textos risas alternando descuidadamente la j y la a ("jajjajjaja") le llevamos al calabozo de este blog.

lunes, octubre 02, 2006

Montando el pollo

Más pronto que tarde, quienes nos venimos a vivir a Inglaterra nos tendremos que enfrentar a una desagradable situación: cuando, después de haber sido tratados mal o de que nos hayan intentado tomar el pelo en una tienda u oficina pública, nos vemos obligados a protestar o echar la bronca a alguien. Se trata de una situación para la que ningún curso de inglés, por avanzado que sea, nos habrá preparado. De cuando estudiaba en el colegio, me acuerdo de alguna lección o dos en las que te enseñaban un puñado de flemáticas expresiones de queja para utilizar en cartas de protesta. Como mucho, quizás en el libro de texto viniese algún diálogo de alguien en un restaurante quejándose al camarero de que habían tardado mucho en servirle. En ningún caso te preparan para la situación de tener que enfrentarte a un mecánico malencarado con pinta de hooligan e incomprensible acento paleto que te ha equilibrado mal las ruedas por tercera vez consecutiva.

Desgraciadamente, lo de tener que pegarte con la gente es algo consustancial a la vida, e Inglaterra, como cualquier otro país, te ofrece un rico abanico de personas y entidades de todo tipo con las que practicar este fastidioso deporte: dependientes del Dixon's (o cualquier otra cadena de tiendas del high street), agencias de reclutamiento, caseros, encargados de facturación en el aeropuerto, organismos oficiales, empleados de banco, la TV license, controladores de aparcamiento y (sobre todo) operadores de centros de atención telefónica en general. Alguien especialmente desafortunado quizás tenga que vérselas incluso con la policía. Pero incluso sin irnos a casos tan extremos, en las peloteras más intrascendentes e inofensivas es sorprendente la velocidad con la que uno pierde el poco dominio de la lengua inglesa que se tiene, convirtiéndose en un balbuceante y nervioso bloody foreigner.

Las broncas unas veces son en persona y otras por teléfono. Cada caso tiene sus ventajas e inconvenientes. Desde luego, es siempre más difícil entenderse con alguien por teléfono, sobre todo si tiene un acento complicado, pero es más fácil envalentonarse cuando la persona no está delante tuyo, sobre todo si se trata de uno de esos operadores telefónicos que hablan como robots. De todos modos, en esto me imagino que dependerá mucho de la persona. Yo no tengo ni media torta, pero supongo que alguien fornido con cara de mala leche encontrará que sus gestiones son más fructíferas cara a cara que por teléfono, por muy mal inglés que hable. Excepto quizás frente a porteros de pub, que por definición siempre son mas forzudos que tú.

Sea en persona o por teléfono, los españoles tenemos que tener especial cuidado con cómo nos conducimos en nuestras quejas y reclamaciones ante ingleses. En España, muchas veces tienes que ponerte realmente borde y agresivo para que te hagan caso. En Inglaterra, por el contrario, es importante nunca perder los modales. Los ingleses consideran que una persona que protesta de forma maleducada automaticamente pierde la razón, aunque sea evidente que la tenga, y se sentirán justificados de ignorarla. Levantar la voz y, sobre todo, emplear lenguaje malsonante es especialmente desaconsejable. Si quieres que te hagan caso, es mucho más efectivo adoptar un tono firme pero correcto, insistir todo lo que sea necesario, y en último término pedir hablar con el superior de quien te atiende. Hay determinados entornos en los que los ingleses son especialmente sensibles a las conductas agresivas. En hospitales y consultas del doctor siempre suele haber carteles advirtiendo que no se tolera el comportamiento ofensivo hacia los encargados, incluso amenazando con denunciar a la policía a quien se propase.

Afortunadamente, cuanto más tiempo llevas en el país menos broncas sueles tener, o al menos esa es mi experiencia. Supongo que es porque he aprendido a evitarlas, y porque ya tengo mi vida establecida y hace tiempo que superé el embrollo de gestiones que supone venirse al país (encontrar casa, abrir cuenta de banco, etc). Lo malo es que ya estoy acostumbrado a resolver disputas al civilizado estilo inglés. Cuando me vuelva a España me van a comer vivo.

domingo, octubre 01, 2006

Isletas

IsletaLas calles de las ciudades inglesas suelen ser bastante inhóspitas para los peatones. La foto, tomada en Londres, muestra una práctica que encuentro especialmente fastidiosa. Se trata de una isleta que divide en dos tramos un paso de peatones. Para pasar al otro lado, tienes que cruzar el primer tramo, caminar a lo largo de ella unos metros hasta el segundo paso de peatones, y cruzar el segundo tramo. Los dos semáforos nunca suelen estar en verde al mismo tiempo, así que te toca esperar por partida doble. Estas isletas se pueden encontrar no sólo en las calles más anchas, sino en otras más estrechas en las que no tendría que haber problema en tener un único paso de peatones. Esta sensación de tener que sortear vallas y semáforos para cruzar unos pocos metros hasta el otro lado es muy frustrante.

miércoles, septiembre 06, 2006

Terrazas

Estoy en Madrid apurando los últimos días del verano, en medio de una inesperada ola de calor. Al principio me alegré de poder volver a vestir bermudas y chanclas, después de lo frustrante que ha sido el agosto en Inglaterra, pero este perpetuo estado de sudor no ha tardado en volverse insoportable. Lo mejor es que estos días estoy pudiendo disfrutar de uno de mis protagonistas favoritos del verano español: las terracitas.

En el Reino Unido es difícil encontrar bares o pubs con terraza, sobre todo fuera de Londres. A veces alguna cafetería o bar se atreve a sacar un par de mesas a la calle, bien pegadas a la fachada, pero no mucho más. En lo que a beber al fresco se refiere, lo típico en Inglaterra son los beer gardens. Se trata de jardines o patios, normalmente en la parte de atrás del pub, en los que hay unas cuantas mesas rectangulares con bancos para sentarse cuando hace bueno. A veces puede encontrarse alguna incongruente sombrilla. En los días de sol y calorcito suele ser muy agradable sentarse a tomar algo en estos sitios, pero de algún modo en ellos nunca siento la sensación de gozo que suelo experimentar en las terracitas madrileñas. Quizás sea el no sentir el bullicio de la ciudad a mi alrededor contrastando con el momento de relajo, sentado con los amigos. O quizás los desnudos y generalmente destartalados bancos de madera de los pubs me resultan más pobres y sin vida que esas mesas redondas de metal equipadas con su dispensador de servilletas y su cenicero, típicas de las terrazas españolas.

En Bristol, más que los beer gardens, suelo preferir algunos bares o cafeterías que tienen un patio interior trasero con un puñado de mesas para sentarse. Las vistas de las partes de atrás de los edificios circundantes, con sus tuberías y tubos de ventilación al descubierto, no son muy elegantes, pero la intimidad del rincón a veces tiene su encanto. Otro sucedáneo de terraza se puede encontrar en muchos bares y restaurantes, que abren de par en par los panales acristalados de la fachada, eliminando la separación entre el interior y la calle.

Desgraciadamente, para cuando me vuelva a Bristol el lunes que viene posiblemente el clima sea ya lo suficientemente húmedo y fresco como para que me dé igual si los bares tienen terrazas o no. En realidad, los pubs ingleses se disfrutan mejor en invierno que en verano. Es en la estación fría cuando las moquetas, las chimeneas y los postres servidos calientes cobran su sentido.

martes, julio 11, 2006

Vente a Inglaterra Pepe

Borja hace gala hoy en su blog de una costumbre muy inglesa: las confección de listas. Nos detalla 10 razones por las que venirse a vivir a Inglaterra, con la mayoria de las cuales estoy de acuerdo. Como tantas veces he dicho, el Reino Unido es mucho mejor de lo que la mayoría de la gente piensa.

Y como todo Ying tiene su Yang, promete una siguiente entrada con 10 razones por las que largarse de aquí, que promete ser jugosa. Y es que, por mucho que nos gusté este país, y por mucho que sintamos que merece ser defendido frente a tanto infundio, nunca podremos resistirnos al placer facilón de ponerlo a parir un poquito.

Actualización 21 de julio
10 razones para huir de Inglaterra

domingo, julio 02, 2006

Etiquetas

Con esto del consumo responsable, las etiquetas de los productos comestibles se van haciendo cada vez más complicadas. Ya no sólo ofrecen una detallada lista de ingredientes: también se puede leer en ellas la composición en grasas, hidratos de carbono y proteínas, el valor calórico, información para alérgicos (si llevan frutos secos, gluten o huevo), si proceden o no de comercio justo, si son de caladeros sostenibles (para pescado) y tantos otros pedacitos de información útil. Muchos contienen también benévolos consejos nutricionales: acabo de echar la mano a una bolsa de croissants en la que se me asegura que "aunque la sal es una parte importante de su dieta, una cantidad excesiva puede aumentar la presión sanguínea" y "para mantener un estilo de vida saludable, le recomendamos que realice al menos 30 minutos de ejercicio moderado cada día, como por ejemplo andar enérgicamente". Es enternecedor que mis desayunos me recomienden andar enérgicamente para estar en forma.

Son las cadenas de supermercados quienes suelen tomarse más en serio presentar, en las etiquetas de sus productos, el mayor caudal de información posible. Aparte de todo lo mencionado, suelen incluir consejos de preparado de los distintos productos: para unas salchichas, por ejemplo, te sugerirán que puedes hacerlas al grill, al horno o en sartén, y te dirán cuánto tiempo lleva cada preparación. Esto también ocurre con alimentos más básicos como las patatas, que aquí a menudo venden envasadas en bolsa (sobre la manía que tienen de envasarlo todo y ponerlo en bandejas de plástico ya hablaré en otra ocasión).

Muchas veces, las etiquetas incluso incluyen recetas completas. El no va más fue el otro día, que compré una caja de cerezas en el Sainsbury's y vi que la etiqueta se podía despegar, descubriendo una segunda etiqueta debajo con sugerencias para postres (ver foto más arriba). Es imposible no caer rendido ante tal muestra de obsequiosidad.

miércoles, junio 21, 2006

Las carreteras británicas

Carretera inglesaEn mis primeros años de estancia en Inglaterra solía salir bastante a menudo los fines de semana a visitar sus rincones más interesantes. Pasados cinco años los bríos de la juventud se han atenuado y me he vuelto bastante menos aventurero. Pese a ello, por estas fechas de buen tiempo y días largos, siempre es más fácil animarse a coger el coche e irse de excursión a algún lugar interesante de las proximidades. Y si no es por uno mismo, son las visitas, tan frecuentes en estas fechas, las que te obligan a salir de casa a enseñar los lugares típicos.

Así pues, después de varios meses de no utilizar el coche más que para hacer el trayecto de 10km hasta la oficina, de pronto me encuentro echando horas y kilómetros de carretera. Y maravillándome, de nuevo, de la calidad de las carreteras inglesas. El transporte público británico (trenes, autobuses, metro) puede ser todo lo decrépito, impuntual e incómodo que queramos, pero hay que reconocer que las carreteras son soberbias.

Autopista inglesaEn primer lugar, la red de autopistas es tupida y comunica entre sí los centros urbanos más importantes. Quitando una vía alternativa de la M6 a la altura de Birmingham, ninguna es de peaje. La mayoría son de tres carriles y piso suave, sin baches ni parches, testimonio del buen mantenimiento al que están sometidas. Para la conducción noctuna, los ojos de gato que marcan los carriles no son sólo simples tachuelas reflectantes sino, en muchos tramos, verdaderas luces empotradas en el asfalto, me imagino que alimentadas con baterías.

Autopista inglesaPor supuesto, todas estas maravillosas cualidades no sirven de consuelo cuando se está en medio de un embotellamiento, como pasa bastante a menudo. Otra pega es que viajar por las autopistas inglesas es bastante aburrido. El paisaje es siempre el mismo: verde, verde y más verde. Uno puede cruzar cientos de kilómetros y no ver nada más emocionante que torres de alta tensión. No hay vallas publicitarias. Curiosamente, la señalización electrónica, tan abundante en las autovías españolas, no se usa mucho en Inglaterra, y casi siempre está apagada.

Carretera inglesaCircular por las carreteras secundarias es mucho más entretenido. Se van atravesando poblaciones, y el paisaje es siempre más variado. Por supuesto, son más lentas, pero en cuanto a calidad son igual de buenas que las autopistas. Como éstas, cuentan con ojos de gato nocturnos. Suelen ser de doble sentido y un carril cada uno, aunque son frecuentes las vías rápidas de sentidos separados y doble carril. Una cosa curiosa que me llama bastante la atención de las carreteras inglesas es que la gran mayoría de las ellas tienen bordillo, incluso si están en medio del campo.

Algo que se agradece especialmente de las carreteras inglesas es lo bien señalizadas que están. En España, cuando empiezas a meterte por rutas comarcales más te vale tener un buen plano a mano. Aquí, sin embargo, la señalización es excelente incluso en las vías más agrestes. Desde luego, siempre hay la típica rotonda mal señalizada en la que te equivocas de salida, pero por lo general las señales son de confianza.

Country roadUn comentario aparte merecen las country roads o carreteras rurales. Las hay de distinto grado de sofisticación: desde la carretera estrecha pero no muy distinta de las vías más principales hasta el camino malamente asfaltado que conduce a las aldeas más recónditas. Conducir por estos caminos, atravesando bosques que forman una bóveda de árboles a nuestro alrededor, cruzando llanos verdes tachonados de ovejas, serpenteando por sucesiones de colinas con vistas a bucólicos valles o bordeando la línea de la costa con vistas a un mar inmenso y centelleante es siempre una delicia.

El lector más atento se habrá dado cuenta de que en los párrafos anteriores hablo de carreteras inglesas en vez de británicas. No he conducido mucho por Gales, así que de esa región no hablaré, pero sí lo he hecho por Escocia, y es otra historia. Para empezar, no hay muchas autopistas en Escocia. Apenas un puñado cubren su extremo más al sur, cerca de las ciudades de Edimburgo y Glasgow. Conforme se va subiendo hacia el norte, las red de carreteras se ha haciendo menos tupida, y éstas se van volviendo más sencillas. En la zona septentrional del país, un gran número de tramos de carretera son de doble sentido y carril único, equipados cada pocos cientos de metros con un ensanchamiento para permitirte adelantar o, simplemente, apartarte cuando te topas con un coche viniendo de frente. Por otro lado, el paísaje escocés es de una gran belleza, y cruzar las highlands en coche es una experiencia inolvidable que compensa con creces lo agreste de las carreteras de esta zona del Reino Unido.

Conducir en Inglaterra
Conduciendo por la izquierda
Calles estrechas
Urbanistas locos en el Reino Unido
Descapotables