domingo, noviembre 05, 2006

Yendo a la peluquería

Ayer, con gran pesar, no tuve más remedio que irme a cortar el pelo. Hacía ya bastante de la última vez, y durante las últimas dos semanas había venido observando con alarma cómo una incipiente mullet se me iba asomando a ambos lados del cuello, amenazando con mi muerte social en la oficina.

Digo que muy a mi pesar no porque tenga alergia a las tijeras, sino porque siempre que puedo procuro evitar ir a la peluquería en Inglaterra. Aunque llevo ya más de seis años en el Reino Unido, sólo he ido seis o siete veces. Para cortarme el pelo suelo aprovechar mis visitas a Madrid, algo que me puedo permitir porque me bajo con bastante frecuencia, cada dos o tres meses. Las visitas a la peluquería del barrio, a la que he ido ininterrumpidamente desde que era un crío, son uno de esos lazos con el hogar que cuestan romper. Otro motivo, más prosaico, es que cortarse el pelo sale más barato en España (aunque no mucho más). Y un tercer motivo es el idioma: por mucho que uno se mire en el diccionario el vocabulario técnico (flequillo: fringe; raya parting; cuchilla: razor; etc), contarle al peluquero cómo queremos que se nos corte el pelo es posiblemente una de las situaciones de la vida de un expatriado en la que más duramente se pone a prueba el dominio de la lengua local. Describir un corte de pelo es un acto que exige una buena dosis de expresividad incluso en la propia lengua (salvo, claro está, cuando queremos que nos lo rapen con maquinilla): "me lo cortas de modo que justo me monte un poco la oreja, un poco de capas, ligero por atrás pero no tanto, peinado por en medio pero sin raya".

Por si fuera poco, una vez se supera el trance de darle al peluquero las especificaciones del corte, te tienes que enfrentar a la ineludible charla intrascendente. En Inglaterra, como en España y supongo que todos los países del mundo, los peluqueros sienten que una de las atribuciones de su profesión es dar conversación al cliente. Esto puede ser un fastidio pero también una oportunidad: hablar con el peluquero es una manera fantástica de practicar el inglés.

Dada mi procedencia, tengo la suerte de que es fácil prever hacia donde va a tirar la conversación cuando, al darse cuenta de mi acento extranjero, el peluquero me pregunta de dónde soy. Es algo aplicable también a taxistas, empleados de banco o tenderos parlanchines. Al contestar que soy español de Madrid, la siguiente pregunta es casi siempre "¿eres seguidor del Real Madrid?". Yo no suelo seguir mucho la liga española (ni mucho menos la inglesa), y supongo que en seguida se me nota que no tengo mucha idea, pero es sorprendente lo que dan de sí un puñado de comentarios generalistas y cuatro ideas leídas en la prensa para seguir una conversación sobre fútbol.

2 comentarios:

Paulita dijo...

Tu tienes miedo a que no te entiendan, yo tengo miedo a que decidan darme un look mas ingles, porque si, porque no me acaban de convencer los cortes de pelo de algunas chicas inglesas modernas, y ahora a lo que tengo miedo es a las peluquerias, jejejeje.

Besitoss

Nacho dijo...

Yo también tengo mi peluquería de toda la vida en Madrid. Es de esas que pone artesana de caballeros, con eso te digo todo.
Me corté el pelo un par de veces´en Inglaterra, y no quedó mal, seguramente porque los remolinos de mi cabeza hacen que sólo se pueda cortar de una forma.
Saludos.