jueves, noviembre 25, 2004
  Prehistoria Parquestrit - 2004

25 de junio de 2004 - Viendo fútbol en un pub

Ayer fui al pub a ver jugar a Inglaterra contra Portugal en cuartos de final de la Copa de Europa. Bueno, no era un pub exactamente, sino el Chicago's, una especie de bar-restaurante estilo americano donde ponen música hortera de los ochenta. He ido al sitio unas pocas veces, ya que una de las pocas ventajas que tiene es que abre hasta tarde. Por la noche es un hervidero de hombres y mujeres de mediana edad, la mayoría de ellos con aire de solterones desesperados, divorciados o cónyuges insatisfechos con ganas de despendolarse. Hace no mucho lo cerraron, lo reformaron y lo reabrieron, evidentemente apostando muy fuerte por las retransmisiones deportivas: pusieron en el piso de arriba una pantalla con proyector y sillas orientadas a ella. El resto del local lo regaron generosamente de televisores de pantalla plana, hasta en el baño.

Allí estuve ayer, uno más entre la masa de cientos de ingleses histéricos. La pasión que levanta el fútbol en este país, y en particular la selección inglesa, es mucho mayor que en España. En España la gente desde luego apoya a la selección pero me da la impresión de que los torneos internacionales entre selecciones no levantan las pasiones que levanta la Liga o la Liga de Campeones. E incluso a todo los niveles, la gente aquí se deja llevar mucho más cuando está viendo un partido. En España he ido unas cuantas veces a ver partidos a bares y el ambiente no se acerca ni de lejos al de ayer en el pub, ni siquiera en partidos como un Madrid-Barça.

Eché de menos, de todos modos, ganas de pasárselo bien. Todo el mundo parecía tomárselo demasiado en serio. Me desagradó cómo la gente se reía cuando el contrario cometía algún error, eso no lo recuerdo en España salvo en partidos entre rivales enconados.

El partido lo perdió Inglaterra in extremis, en penaltis. Conforme veía que la selección inglesa lo tenía crudo, tuve el cuidado de aplaudirlos de vez en cuando y alegrarme con sus goles, no fuera que algún inglés ebrio confundiera más tarde mi acento y pensara que era portugués. En realidad yo prefería que ganara Portugal, por la estúpida razón de que cuando llegamos iba perdiendo. Cuando los equipos me dan un poco igual suelo decantarme por el que lo tiene más difícil.

Hoy en el trabajo los ingleses con los que he hablado se lo han tomado con mucha filosofía, y han aceptado que la derrota es merecida, si bien la actuación arbitral ha recibido muchas críticas. Otra diferencia con España.



13 de septiembre de 2004 - Concierto de PJ Harvey

Al fin logré ayer ir a ver a PJ Harvey. Llevo siguiendo su carrera desde hace (cielos) diez años, leyendo prometedores comentarios de conciertos suyos, pero nunca hasta ahora me había encontrado con la oportunidad de ir. Es una de las incongruencias de mi vida, lo mucho que escucho música y me gasto dinero en discos y lo poco que voy a conciertos. Tiene fácil explicación, por supuesto: que mis amigos tengan otros gustos músicales, que los conciertos sean tan caros y la mayoría de las veces en sitios bastante lejos. En Madrid esta última excusa quizás no esté tan justificada pero en Maidenhead desde luego que sí lo estaba, a 50km de Londres.

Precisamente PJ Harvey tocó en Londres en julio. Hice un intento de comprar entradas en junio pero estaban agotadas. Luego me enteré de que tocaba en Bristol y tuve mejores reflejos. Creo que en Bristol sí que tendré la oportunidad de ir a conciertos, siempre y cuando claro vengan artistas interesantes. Ayer fue una delicia: cogí el coche desde casa y en cinco minutos estaba en Park Street. Aparqué en la misma calle (los domingos es fácil) y tras cinco minutos de andar bajo la lluvia ya estaba en el Academy.

Me gustó la sala. De mediano tamaño pero nada agobiante. Cogí buen sitio, lejos del escenario eso sí, aguanté los teloneros, Knife and Fork, que tocaban bien pero eran soporíferos. La sala se fue llenando de gente, un público heterogéneo, mezclando adolescentes vestidos a lo alternativo y treintañeros enteradillos. Y pasó una cosa inaudita para mí: a las nueve y cuarto, conforme al horario previsto, apareció PJ Harvey. En todos los conciertos anteriores los artistas principales se habían presentado con un mínimo de media hora de retraso.

Lo primero que sentí fue un poco de decepción; una de las cosas que esperaba era que la cantante apareciera vestida de adefesio como acostumbraba: en sujetador, con un traje rojo pasión, o algo así. Pero vestía un sencillo traje estampado, y -- único toque de mal gusto -- un colgante con las letras enormes PJ. Pero la decepción se esfumó en cuanto empezó a sonar la música. Fue un concierto tremendo. Toco muchas de las canciones de su último disco, como era de esperar, y ninguna del anterior, "Stories from the city...", una lástima. Me sorprendió su voz: fabulosa, e igual que en los discos, por supuesto que con el factor multiplicativo del directo. La banda además sonaba muy bien.

Como suele pasar en los directos, redescubrí canciones que nunca me habían llamado tanto la atención, y me defraudaron algunas de mis favoritas (sobre todo "Taut", que además no sonó muy bien). Hubo también incidencias: mientras tocaba "The River" (una de las canciones que redescubrí), acompañada sólo por su guitarra, se le rompió una cuerda, pero no tuvo el menor problema de cambiarla y continuar la canción.

Los músicos que la acompañaban tampoco pasaron desapercibidos. El bajista, un individuo altísimo y serio con el pelo cortado a lo mohicano; el guitarra-batería, que cuando tocaba este último instrumento se movía y sacudía por el escenario como si hubiera perdido el juicio; el batería, que hacía los coros en falsete. Hubo también un desfile de invitados: John Parish y uno de los miembros del grupo telonero, al que PJ debía de tener aprecio porque no paraba de anunciarle por el micrófono. Tal desfile de personajes ocurría entre canción y canción, junto con un extravagante cambio de instrumentos que le dio al concierto un aire demasiado artificioso.

Cuando la actuación terminó, poco menos de dos horas después, me sentí satisfecho. Quizás no haya sido el concierto que más me haya emocionado de todos pero sin duda es mejor tocado de todos. Ahora me queda escoger el siguiente y a ver si voy a más actuaciones en directo, que escuchar música envasada no es sano.

Lista de canciones:
Victory
Dress
Who The ****
50 Foot Queenie
It's You
My Beautiful Leah
A Perfect Day Elise
Me Jane
The Dancer
Meet Ze Monsta
Taut
Harder
Cat On The Wall
To bring You My Love
Thet Was My Veil
Bad Mouth
Down By The Water
Catherine
Uh Hur Her
The Letter
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7 de marzo de 2003 - Los tres cerditos
El otro día leí una noticia en la version digital de El Mundo: Un colegio británico prohíbe el cuento de 'Los tres cerditos' para no ofender a los musulmanes.

Desgraciadamente, y como suele pasar a menudo con El Mundo, no sólo no se aplica mucho rigor al explicar los hechos sino que se escoge deliberadamente un tono sensacionalista y manipulador. Es mejor acudir a The Guardian (lo siento, sólo en inglés), que da una versión más rigurosa de la noticia.

Por lo visto, según me han dicho, en España esta noticia incluso salió en el telediario (me imagino que en el de la 2, que es el más proclive a contar noticias más insólitas), y en un tono bastante parecido a el de El Mundo. Encontré bastante alarmante la manera como la noticia se presentó tanto en el periódico como en la televisión.

¿"Prohibición"? Pero qué absurdo. ¿Cómo se puede "prohibir" un cuento?. Lo que ocurrió es que en ese colegio la dirección desaconsejó a los profesores contar cuentos sobre cerdos con la preocupación de que pudieran ofender a los niños musulmanes, para cuya religión dicho animal es considerado impuro. Desde luego que opino que dicha medida es una estupidez (y así lo opinan, al parecer, algunas autoridades musulmanas británicas), aunque no creo que tenga mucha relevancia: ¿y qué si no se cuenta el cuento de los Tres Cerditos? Aún hay cientos de otros cuentos que poder contar en clase (de todos modos, yo pensaba que al colegio se iba a aprender matemáticas, ciencias, etc, no a escuchar cuentos...).

Pero claro, hablar de "prohibición" tiene unas connotaciones muy jugosas y tentadoras para una noticia así, sobre todo ahora que el Islam está en el punto de mira. El lector ocasional desde luego no va a hacer la reflexión anterior (lo absurdo de utilizar esa palabra), sino que va a asociar mentalmente los conceptos "prohibición" "cuento de los tres cerditos", "Islam", en una idea más o menos así: El Islam quiere prohibir el cuento de los tres cerditos. Muy en la onda de los prejuicios existentes acerca del Islam como religión retrógrada.

19 de marzo de 2003 - Sonrisa bristoleña
Leí hace no mucho que Bristol es una de las ciudades del Reino Unido donde la gente sonríe más por la calle.

Es cierto; estando allí he observado varias veces como, cuando yendo por la calle por azar cruzas la mirada con algún paseante, este muy a menudo te sonríe. Al principio, cuando no estás acostumbrado, produce bastante extrañeza, como si la gente alrededor tuyo supiera algo que tú no sabes. Me imagino que Bristol no es la mejor ciudad para quienes sufren de paranoia.

Ni que decir tiene que una vez te habituas es una costumbre fantástica.

15 de octubre de 2004 - En Japón
Hoy la cruda realidad: el trabajo. Además ha llovido, y yo he sido estúpido y no me he llevado paraguas ni chubasquero. Esto me lleva a una observación: los japoneses son muy disciplinados. Cuando llueve, no veréis a ni uno sólo que vaya sin paraguas. De todos modos, ir sin paraguas aquí­ no tiene excusa. Incluso si se te ha olvidado en casa puedes comprar uno chino de usar y tirar (no porque sean desechables sino porque son tan malos que no duran mucho) en cualquier tienda por el doble de lo que te cuesta una lata de cocacola.

Pero ayer fue fiesta. Y cómo desaproveché el día. Vale, por la mañana estaba justificado salir tarde por eso de que el día anterior había volado y tenía que recuperar el sueño. Pero es que me desperté a las nueve y media, y hasta las once aproximadamente estuve en la habitación conectado a Internet. Luego salí a desayunar con M., que no se animaba a irse de turisteo conmigo porque se había acatarrado. Y finalmente para Akihabara, barrio que visito rutinariamente cada vez que vengo a Japón.

Akihabara es la "Ciudad Eléctrica", "Electric Town". Según la guía, aquí fue donde en la posguerra empezaron a venderse radios y productos electrónicos. Con el tiempo ha crecido y ahora es un monstruo de neon, musiquillas y japoneses y occidentales ávidos de comprarse por menos dinero el último gadget que aún no ha salido en Europa. En esta ocasión iba en modo económico, lo cual no significa que no acabara gastándome una pasta. Tuve que combatir contra los elementos: empezó a llover poco a poco, luego más salvajemente hasta que eso se convirtió en un verdadero monzón. Compré un paraguas (de los que comentaba más arriba) que resultó insuficiente junto con mi chubasquero para evitar que me calara del todo, sobre todo las zapatillas. Más tarde me enteré de que eso había sido una tormenta de magnitud inusual. Hasta había habido alguna víctima.

Comí en un sitio auténtico, un bar de "ramen": un cuchitril estrecho y cutre al lado de la estación donde servían sopas de fideos chinas, un poco de arroz frito y seguro que más cosas que como estaban escritas en japonés no hay forma de que sepa qué eran. Torpemente, al terminar le pedí la cuenta al camarero; éste, educadamente, salió de detrás de la barra a fuera y me cobró en la máquina automática expendedora de tiques.

Después me fui ya para la estación sin mucha idea de qué hacer entonces. La idea del día era aprovechar para visitar los barrios de Tokyo que generalmente no suelo visitar (casi siempre acabo yendo a Shibuya, Harajuku y Shinjukuk). Cerca de Akihabara (a dos paradas) estaba Ueno. Asakusa no estaba muy lejos. Me subí en el tren de la línea Yamanote en dirección a Ueno. Con el tren ya en marcha cambié de opinión: iría a Ikebukuro, un área que la guía Time Out ponía bastante bien, y donde no había estado nunca. Pero estaba más lejos de lo que pensaba, me di cuenta. Otro momento de indecisión, me bajé del tren. Estuve dudando si seguir el camino hacia Ikebukuro o dar media vuelta a Ueno. Hice esto último.

No fue muy buena idea. En Ueno estuve apenas una hora aproximadamente. Ya anochecía y no pude disfrutar el paseo por el famoso parque, donde está el Museo Metropolitano de Tokyo, el museo de Arte Occidental y el zoo. Fue una lástima, pues en seguida que comencé a pasear me sentí muy a gusto y con ganas de tranquilidad y de menos bullicio y consumismo. Me tomé un café en un puesto muy particular. Se trataba de una pequeña furgoneta (no más grande que un coche normal) donde un joven estaba sentado operando una máquina de café espresso. Lo hacía realmente con reverencia y ademanes artesanales: moler el café, ponerlo en la cubetilla, apretarlo con el utensilio de plástico, accionar las palancas y ruedas, esperar, montar la leche con el chorro de vapor. Yo mientras tanto lo contemplaba fascinado por tanta devoción cafetera. El café estaba en efecto delicioso.

Ya era de noche y me volví a la estación. Era ya tarde además, más de las siete. Me entristecía haber perdido el tiempo de esa forma. En los días que estaba más centrado habría logrado visitar ya tres barrios distintos. Me fui para Ikebukuro. Me defraudo un poco: es más agradable para pasear que Shibuya o desde luego Shinjuku, por sus anchas avenidas, y Sunshine Street realmente es muy animado, pero su atmósfera (tan habitual de Tokyo) de consumismo, colores chillones y embotamiento sensorial me cansaba. Estuve apenas un rato, y me fui para Shinjuku.

Me sentía un poco culpable de volver a Shinjuku. Había estado el día anterior y es además una de las estaciones más accesibles para un día cualquiera ir después del trabajo. Pero es que quería ir a ver accesorios para cámaras. Eso significaba West Shinjuku, donde los rascacielos. Como el día anterior, me costó muchoi encontrar la manzana donde estaban las tiendas. Tokyo es tan gigantesco y el trazado de sus calles tan enrevesado que es muy difícil orientarse. Al final logré llegar al sitio que quería. Me defraudó descubrir que no había tiendas de segunda mano. Todas eran de productos nuevos, además que no solamente cámaras: también de teléfonos móviles, electrodomésticos y de ordenadores. Descubrí una tienda en un primero. Tenía un surtido excepcional de cámaras usadas de todas las marcas posibles. Aunque no encontré la que andaba buscando (la Pentax MX). Los dependientes no parecían muy simpáticos. Me fui después de dar un par de vueltas.

Descubrí otra tienda más interesante, con menos variedad pero con artículos más interesantes. Encontré un objetivo para mi cámara. También tenían los cuerpos que andaba buscando de la Pentax MX pero estaban averiados, los vendían sólo para piezas de recambio, y no miuy baratos por cierto. Me pasó una cosa interesante a la salida. Me equivoqué y salí de la planta por la escalera de emergencia. Yo quería subir a ver las plantas de arriba de la tienda, pero la escalera según subía no daba a ninguna entrada a la tienda. Arriba del todo me encontré en la azotea del edificio, con unas vistas Blade Runner de los edificios de los alrededores que me dejaron boquiabierto. Hice unas cuantas fotos, sintiéndome con lo cagón que soy preocupado porque estuviera prohibido subirse allí y me pudiera meter en líos. No me quedé mucho tiempo, por eso.

Ya decidí volverme. Pero primero había que cenar. Decidí ir a un restaurante indio recomendado por la guía. Mientras estaba parado en la calle escudriñando el mapa dos jóvenes tokiotas me preguntaron si necesitaba ayuda. Yo les dije que andaba buscando tal restaurante sito en tal edificio (las direcciones en Tokio son complicadas y suele ser más fácil guíarse por edificios conocidos que por números). Uno de ellos llamó por teléfono a no sé quien y le preguntó. Después se ofrecieron a acompañarme al sitio en cuestión. Por el camino me contaron que habían estado estudiando en los Estados Unidos, como queriendo decirme que eran más que la mayoría de los japoneses, y que sabían hablar inglés (yo era posiblemente su oportunidad para practicarlo). Me dejaron al lado del sitio y se fueron. Los japoneses son un pueblo adorable.

El restaurante no fue nada brillante aunque no había mucha gente y pude cenar con tranquilidad, y me invitaron al postre. Después me volví ya para casa, en el tren. Por el camino me puse a leer "La espuma de los días" de Vian y el viaje se me hizo más ameno. Llegué al hotel tarde, con el tiempo justo para llamar a M. y a mi familia, ordenar un poco (vaciar la mochila en el suelo) e irme a dormir.

4 de octubre de 2003 - Ramen
Me he vuelto completamente adicto al ramen. Primero fue el curry; necesito una dosis de comida india (realmente, el menu tipo completo de pollo con algo, popadom y pan naan) al menos cada dos semanas. Ahora es el ramen.

Durante mi última estancia en Japón hace dos semanas he comido más comida japonesa que las veces que estuve el año pasado. Antes en seguida me saturaba de comida japonesa: quitando los primeros días de más audacia, el resto de los días trataba de ir a cenar a restaurantes occidentales (casi siempre italianos), y lo pasaba mal en la cantina de la empresa con su comida casera japonesa servida industrialmente.

En esta ocasión, sin embargo, he aguantado mejor. He tomado ramen muchos de los días, y para cenar, también obligado un poco por M., a quién sí que le gusta la comida japonesa, he ido más a menudo a restaurantes japoneses. Ésto es un fastidio ya que casi siempre el menú está en japonés y es complicado saber qué pedir.

Ahora, de vuelta a Europa, echo de menos el ramen. Necesito ir al Wagamama a tomarme una sopa de miso. He estado mirando por Internet, y creo que podría cocinarla en casa, no es difícil. Lo complicado puede ser encontrar los ingredientes, pero en el Japan Centre de Londres o quizás en algún supermercado chino creo que podré encontrarlos.
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  Prehistoria Parquestrit - 2002
25 de marzo de 2002
Hoy he tenido en Madrid la experiencia arqueourbana más intensa de los últimos meses: he ido a la mercería del barrio a comprar coderas para un jersey. Según entro en el local la escena es realmente entrañable: nada más entrar me topo con la dependienta rechoncha y mayor remendando algo con una máquina de coser que ha puesto sobre el mostrador. La propia tienda es pintoresca: montañas de trastos y productos de aspecto antiquísimo amontonados en estanterías y cajones por todos lados.

Le pido, quería unas coderas para un jersey, es de color beige clarito; cómo las quieres majo, de ante o de tela, y yo, pues no sé, me las enseña, etc. Al final me llevo las de ante, pero el idílico momento costumbrista se rompe al decirme el precio, un euro con ochenta; ¿euros? El hechizo se rompe, el plastificado brillo de la Europa del siglo XXI se manifiesta en la tienda, y tras unos segundos escrutando mi mano buscando sin éxito la mejor manera de librarme de toda la calderilla, derrotado le doy dos monedas de euros y me voy con la vuelta y mis coderas.

28 de marzo de 2002
¿Hay alguien que no esté enamorado de los pimenteros? No me refiero, desde luego, a los típicos y aburridos pimenteros que suelen hacer pareja con el salero, sino a esos otros que se llenan con bolitas de pimienta y que al girar su cabeza la muelen y el polvillo cae por la base.
Estos no los he visto mucho por España, pero en Inglaterra son tremendamente populares e imprescindibles en los restaurantes italianos. Pidas lo que pidas, después de que se te haya traído el plato, llegará un camarero portando uno de esos pimenteros de un tamaño inverosímil, casi como una pata de mesa, que te preguntará si quieres que te eche un poco en tu plato. Por disfrutar del espectáculo, tú por supuesto dirás que sí, y fascinado observarás cómo el camarero gira parsimoniosamente el aparato y una lluvia de pimienta cae sobre tu plato.
Estos utensilios también pueden encontrarse con mucha facilidad en las tiendas de menaje del hogar. No faltará una sección o estantería con varios modelos de pimenteros de todos tipos y tamaños: de madera, transparentes, redondos, cuadrados, de diseño, tradicionales, pequeños, gigantescos...
El molino de pimienta, creo, forma parte de una familia de utensilios intrínsecamente atractivos. Tales como el sacacorchos, o las chucharas para servir helado, esas que al apretar el mango hacen que se suelte la bola.

1 de abril de 2002
De vuelta a las tierras bárbaras...

Hoy me he sentido como ganado en el avión. Realmente viajar en avión es una de las cosas más despersonalizadoras que hay; lo de menos es el retraso de una hora: para más inri luego van y al subir yo al avión, le enseño triunfante a la azafata mi tarjeta de embarque con asiento pasillo salida de emergencia, y me viene: siga por ese pasillo y el primer sitio que vea libre. Tuve suerte, eso sí, y pude coger asiento de pasillo.

En cualquier caso, no sé para que me tomo la molestia de llegar con hora y pico de antelación si luego van a coger y cambiar los vuelos y juntarnos y meternos en plan sesión sin numerar en un airbus del año de la tana que miedo daba verlo. Y el catering: dos miserables sandwiches, aunque para las guarradas que suelen poner casi lo prefiero. Para viajar en ese plan pues prefiero Ryanair o Easyjet, sobre todo esta última con su entrañable momento que la azafata se recorre el pasillo con una enorme bolsa de basura naranja para que la gente eche los envases de todo aquello que ha comprado a módico precio al servicio de a bordo.

No sé quién me argumentó una vez que, más o menos del mismo modo que no es nada lógico que cada uno tenga su jet particular sino que es más eficiente viajar un montón de gente en un solo avión, la gente debería dejar los coches y usar más el transporte público. Después de experiencias como la de hoy, me alegro de tener mi coche y poder meterme en embotellamientos y estresarme yo solito sin que una panda de ineptos confabulados organicen mis retrasos y molestias a mí y a otros cien pasajeros.

6 de octubre de 2002

Hoy he estado en el car boot sale, a las afueras del pueblo. Según una traducción libre, sería un "mercadillo de maleteros". Como se puede intuir por el nombre, se trata de un mercadillo en el que la gente corriente puede ir a vender sus trastos y cosas de las que se quiera deshacer. En la práctica, no sólo se ve gente corriente sino también vendedores más o menos profesionales de mercadillo, vendiendo desde aceitunas hasta articulos de limpieza, pasando por ropa, muebles y los productos más variopintos, todo ello supuestamente más barato que en las tiendas normales. Tampoco faltan quienes venden CDs y DVDs piratas, o aparatos electrónicos de dudosa procedencia.
Me suele gustar bastante ir a menudo, si se siente consumista uno puede volvers a casa con dos bolsas llenas de chuminadas habiéndose gastado menos de 10 pounds. Y lo que más me gustan son los puestos de la gente normal quienes van allí a deshacerse de sus trastos. Resulta interesante ver qué cosas la gente se compra, libros... CDs... juegos de mesa... Me imagino que es una forma curiosa de analizar antropológica o sociológicamente a un pueblo: visitando este tipo de mercadillos para ver qué tipo de cosas le gusta comprar (y tirar) a la gente. Muchas veces intento adivinar la personalidad de las familias (suelen ser familias quienes van allí) viendo qué tipo de libros han leído, o qué música escuchan... Suele ser interesante

1 de noviembre de 2002
Se acabó el horario de verano. A partir de ahora los días acaban a eso de las cinco, y el resto de horas queda como una especie de rebaba inútil en la que apenas se puede uno ir a casa a conectarse un rato a Internet, cenar, poner lavadoras y poco más.
Es lo que más odio del invierno en este país. No la lluvia omnipresente, no el frío, sino los días cortos. En diciembre el sol llega a ponerse casi a las cuatro de la tarde. Y como los días ya de por sí suelen ser bastant oscuros, a eso de las tres ya parece noche cerrada.
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  Prehistoria Parquestrit - 2001
4 de octubre de 2001
Inglaterra es un ambiente hostil. Me ha salido moho en mi queso y mi salchichón. Y el pan se queda chicloso. En realidad todo tipo de pan aquí tiende a convertirse en pan de molde, que con razón es tan común aquí.

2 de octubre de 2001
Increíble noticia de portada del Sun: "La reina de Inglaterra tiene un pato de goma en su bañera (con corona)"

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  Solemne inauguración de esta bitácora
Llevo ya varios meses viviendo en Bristol, y varios años viviendo en Inglaterra. Me he mudado desde Maidenhead, un desangelado aunque agradable pueblo a 60km al oeste de Londres, donde llevé una vida bastante poco interesante. Por motivos personales visitaba Bristol a menudo los fines de semana. Bristol, autoproclamada "capital del Oeste" de Inglaterra, me encantaba.

Finalmente lo he logrado y he encontrado trabajo aquí. Mi vida, como esperaba, se ha hecho mucho más excitante (aunque esta palabra quizás no tenga el mismo sentido en labios de un ingeniero gris como yo). Esto unido a otras cosas que no vienen al caso me ha impulsado a empezar esta bitácora donde hablar sobre mi experiencia en este país y en esta ciudad.
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viernes, noviembre 19, 2004
  En Madrid
Ya estoy en Madrid. El vuelo desde Bristol ha sido una delicia: apenas nada de espera en la cola de facturación, embarque a la hora prevista, vuelo sin incidencias y lo más increíble: llegada a Madrid con media hora de adelanto.
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jueves, noviembre 18, 2004
  Vuelos baratos
Dentro de unas horas cojo el vuelo Bristol-Madrid, donde pasaré un fin de semana largo hasta el lunes. Easyjet opera vuelos entre estas dos ciudades desde principios de mes. No es necesario decir que esto ha sido acogido con absoluto alborozo entre la comunidad madrileña de por aquí. En mi caso tiene el valor añadido de que ocurre apenas dos meses después de haberme mudado a Bristol. No estar cerca del aeropuerto era una de las pocas cosas que esperaba echar de menos de Maidenhead; creo que ahora lo único que extrañaré son los contados amigos que logré hacer allí.

El aeropuerto de Bristol está a menos de media hora de mi casa. Ya estuve ya el otro día allí, cuando fui a recoger a unos amigos que, como yo, no han podido esperar a estrenar los nuevos vuelos. Al revés que la mayoría de los aeropuertos de segunda división que son escogidos por las aerolíneas baratas, el de Bristol no es una estación de autobuses venida a más sino que tiene un aspecto bastante más apuesto. El diseño de la terminal me recordó al de la de Stansted, he estado mirando por Internet para ver si quizás también Norman Foster es su arquitecto pero no he encontrado mucha información, sólo que fue terminada en 2000. Es por supuesto muchísimo menos bullicioso que Heathrow, y espero que la facturación y el embarque sean mucho más sencillos.

Hay ya varios vuelos a España desde este aeropuerto: Bilbao, Valencia, Barcelona, Málaga y algún otro, todos operados por Easyjet. Se unen a los vuelos que Ryanair opera desde Stansted a Santander, Valladolid, Jerez y otros. He oído que dentro de poco volarán a Zaragoza también. Es una autentica locura lo de las compañías de vuelos de bajo coste.

Hay que aprovechar ahora para volar. Dentro de unas décadas, cuando el petróleo esté demasiado caro o ya haya desaparecido y el transporte aéreo desaparezca, miraremos atrás y echarémos de menos el poder visitar capitales europeas por mil duros.
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Bitácora sobre la vida en Inglaterra: una visión subjetiva sobre su sociedad, cultura, costumbres y curiosidades.

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